Capítulo I

El puente romano

 –¿Tú sabes en qué orilla del Ebro hemos quedado? Porque yo no tengo ni idea.

Por enésima vez en los últimos 300 quilómetros, Eva y Tom estallaron en una carcajada. Con tantas emociones habían olvidado fijar el punto exacto dónde se iban a encontrar con Stefan y Liv, que llegaban del sen- tido opuesto, del norte.

Tres horas antes, de madrugada, Eva había recogido a Tom en Barajas. Venía de Chicago y hacía dos años que no se veían. Durante el viaje en coche se habían puesto al día de todo y ahora, a pocos metros de su destino, Eva caía en la cuenta de que no habían acordado donde se reunirían.

–¿Pero no hemos quedado en un puente? Si Stefan y Liv vienen del otro lado, cruzamos y ya está –dijo Tom entre risas.

–Hay un pequeño problema, Tom. Resulta que ese puente ¡lleva en ruinas más de cuatro siglos!

Mientras hablaba, Eva señaló a lo lejos, hacia una estrecha y sinuosa franja de un verde brillante que destacaba entre el mar de viñas. Eras los chopos que flanqueaban el río Ebro. Ya llegaban.

Dejaron la carretera y enfilaron por un camino de tierra hasta el borde de un barranco, justo donde acababa el viñedo. Salieron del coche. Veinte metros más abajo el río corría con su fuerza tranquila.

A ambos extremos del cauce, dos enormes arcos de piedra emergían del rumor de las aguas. Firmes y recios, siempre separados entre sí, pero siempre unidos por el Ebro y por la historia. Esas dos moles era todo lo que quedaba del puente romano de Mantible. Durante mucho tiempo había sostenido el paso de agricultores locales y de viajeros de tierras lejanas, de peregrinos y de comerciantes. Mantible había unido las dos Riojas.

Eva y Tom contemplaron un buen rato las ruinas. Los primeros rayos de sol las pintaban de oro. La calma y el perfume del tomillo y del romero llenaban el aire de aquella mañana de junio. En las cepas, las hojas abun- dantes daban cobijo a unas uvas aún pequeñas y prietas.  

–Todo lo que se ve al otro lado del Ebro es la Rioja Alavesa –dijo Eva. Había estado antes en la región y conocía bien la zona

–. Es como una suave pendiente que desde aquí, desde la orilla del río, va subiendo y subiendo entre viñas y pequeños pueblos hasta la sierra de Cantabria, esa muralla de bosque y roca que hay al fondo. La vista desde ahí es impresionante, un día de estos subiremos. –Así que es aquí de donde surge el motivo de nuestro viaje... –dijo Tom mientras el movimiento horizontal de su brazo abarcaba la extensión de la Rioja Alavesa.  

–Sí –respondió Eva–, son estos viñedos, estos caminos rurales, estas poblaciones tan auténticas y estas bodegas antiguas y modernas a la vez. –Engimática, añadió:– y, claro está, el vino que nosotros sabemos. ¿Nos damos un chapuzón?

Cogieron un par de toallas y bajaron al río. Las piedras del viejo puente que quedaban de este lado resguardaban una especie de piscina tranquila y poco profunda, al margen de la corriente principal. Se bañaron y un cuarto de hora más tarde, tumbados al sol sobre una roca de la riba, ya estaban profundamente dormidos. El sonido insistente del móvil despertó a Eva.

–¿Di, diga? –¡Por fin! ¡Llevo diez minutos llamándote!

Le costó unos instantes para reconocer la alegre voz escandinava de Liv, su amiga del alma.  

–¿Dónde estáis? –preguntó Eva. Liv le respondió con tono jocoso: –Levanta tu cabecita y mira hacia arriba a tu izquierda. ¿Nos ves?

Liv y Stefan habían llegado: les contemplaban riendo desde la orilla opuesta.