CAPÍTULO II

Un restaurante en Londres

Se conocieron en Berlín años atrás. Eva estudiaba con una beca Erasmus, Tom hacía fotografías y Stefan acababa de entrar de pinche en una pizzería. Los tres compartían piso en el barrio de Kreuzfeld. Más tarde llegó Liv. Trabajaba en una pequeña galería de arte. Trabaron una amistad tan profunda que cuando aquella etapa acabó decidieron seguir viéndose cada dos años en un lugar diferente. Desde entonces se habían reencontrado en París, en las islas griegas, en Helsinki y, la última vez, en Londres, donde Stefan, tras haberse curtido en cocinas de media Europa, había abierto Gare de Lyon, su propio restaurante.

El Gare de Lyon mezclaba el encanto acogedor de una posada tradi- cional inglesa con innovadores toques de decoración. La bodega estaba a la vista, tras una gran pecera curva de cristal que dejaba ver cientos de botellas iluminadas tenuemente. Stefan había guardado la mejor mesa, justo al lado de la bodega.

Liv y Tom llegaron los primeros. Stefan salió a recibirles con su uni- forme blanco de chef. Estaba radiante. Las cosas en el Gare de Lyon le empezaban a ir muy bien y aquella noche iba a poder celebrarlo con sus mejores amigos. La puerta se abrió de nuevo: era Eva. Ya estaban todos.

Media hora más tarde brindaban por el reencuentro ante un despliegue de deliciosos entrantes. Stefan les había querido sorprender con platos que se inspiraban en las respectivas gastronomías y las conducían a terrenos inéditos. En honor de Liv, había preparado una interpretación del famoso plato El Mar, creado por un conocido restaurante de Copenhague. Sus penetrantes sabores marinos transportaban a un agreste acantilado nórdico. Pensando en Tom, cocinó pequeños burgers a la manera de la nueva cocina norteamericana, con salsa gribiche y un condimento a base de manzana ácida. Y para Eva, la propuesta consistía en un gazpacho de cereza, queso fresco y jamón ibérico, un contraste de sensaciones entre la tradición y el sentido más innovador.

Con cada nuevo plato Stefan proponía un vino diferente, y el resultado era un recorrido por los paisajes vinícolas del mundo. El mercado inglés del vino sempre se ha caracterizado por su gran cosmopolitismo y la bodega del Gare de Lyon, tan bien surtida, era un fiel reflejo de los conocimientos y las ganas de descubrir del consumidor londinense.

Aún faltaba lo mejor.

–¿Estáis preparados para una explosión de tradición local? –preguntóStefan asomando por la puerta de la cocina.

Salió con un carro camarera que transportaba una gran bandeja de tapadera plateada. La destapó y apareció una jugosa pieza de rosbif a la inglesa acompañada de peras al horno, patatas y puding. Alrededor del asado, una infinidad de pequeñas salseras contenían aderezos de arándano, romero, cebolla, menta o grosella.

Stefan fue a buscar un decantador lleno de vino tinto que había reser- vado para la ocasión. Era la última carta que guardaba para impresionar al grupo.

Al olerlo todos supieron que estaban ante algo grande. Su compleji- dad aromática era una sinfonía de notas de especias y maderas nobles, de confitura de frutas silvestres maduras, de frescura limpia y profunda. Tras el primer sorbo, se hizo el silencio. Un carácter marcado, una distinción atemporal. Volumen y fuerza, y a la vez la fragilidad de la seda. Aquel equilibrio parecía casi imposible. La rusticidad genuina se suma- ba a la elegancia. Era un vino que sobrecogía y a la vez entraba lleno de vida. Un vino para beber y para hablar de él. ¿Qué era aquello tan maravilloso?

Una hora y dos botellas más tarde, Stefan les propuso un plan tentador:

–Acabo de tener una idea loca: ¿por qué no hacemos nuestro próximo encuentro en el lugar de donde procede este Eguía Reserva que nos deja sin palabras?

Así fue como en una noche inglesa empezó este viaje que trajo a cua- tro amigos a orillas del Ebro.