CAPÍTULO III

Las calles de Logroño

Liv y Stefan subieron al coche y cruzaron el río por el puente más cercano, que estaba a unos siete u ocho quilómetros de allí. Siguiendo por el móvil las indicaciones de Eva no tardaron en llegar a la margen sur. Abrazos, risas, los cuatro de nuevo juntos y un sol radiante. El primer día en tierras riojanas empezaba de la mejor manera.

Eva sabía que el buen tiempo era un aliciente a la que sus amigos valoraban de forma especial. En el piso que compartían en Berlín, se aba- lanzaban a la terraza siempre que el sol asomaba siquiera unos minutos. Y en primavera le maravillaba ver cómo todo el mundo salía de los comercios, de las cafeterías e incluso de las oficinas para aprovechar al aire libre hasta el mínimo instante de buen tiempo. Así que no le extrañaban nada las caras de felicidad de Liv, Tom y Stefan bajo el cielo de La Rioja. Y era sólo el primer día.

Ya era media mañana y tomaron la carretera hacia Logroño, la capital. Aparcaron en la zona moderna de la ciudad y un corto paseo les condujo hasta el casco antiguo, donde un gran edificio art déco parecía darles la bienvenida. Era el famoso mercado de San Blas, del que salían y entraban sin cesar decenas de personas con bolsas y carros de la compra. En su interior, mil estímulos y colores recibían a los visitantes. Alrededor de la isla central, que acogía los puestos de verdura, se sucedían las pequeñas tiendas de carnes, pescados, salazones y legumbres.

–¡Lo que cocinaría yo con todo esto! – exclamó Stefan.

–¡Y lo que disfrutaría yo comiéndolo! –respondió Tom –. ¿No teneís hambre? Yo estoy desfallecido.

–No te preocupes Tom, en cinco minutos lo solucionamos –dijo Eva señalándole la salida.  

Fuera del mercado les esperaba una trama medieval repleta de vida y de algo que da fama a la ciudad: los bares de pinchos del centro histórico. En las calles Laurel, San Agustín, San Juan y Portales cincuenta establecimientos despliegan sus propuestas culinarias en miniatura. Cada uno se ha especializado en dos o tres tapas singulares, lo que favorece el sentido de ruta gastronómica.

–¿Por dónde empezamos? –dijeron al unísono Tom y Stefan, visiblemente emocionados ante la perspectiva de un festín de pinchos concentrado en apenas doscientos metros.

Cazuelitas, rotos, zapatillas, oreja. Solomillos, sorditos, bocatitas. Zorropitos, matrimonios, wonderbras. La oferta era extensa, los nombres, divertidos, los sabores, fantásticos. A Stefan le entusiasmó la potencia esencial del célebre pincho conocido como champi: sobre la rebanada de pan, tres grandes champiñones asados con una gamba en la cumbre y el aderezo de una salsa que potencia el sabor del conjunto. Tom se rindió ante los cojonudos, una potente alianza entre la rodaja de chorizo, el huevo de codorniz frito y la tira de pimiento rojo picante. Las copas de vino, la buena conversación y la simpatía de la gente completaban el momento. Aquella era la mejor manera de empezar una semana riojana.

–Lo que más me gusta de esta tierra es cómo ha sabido combinar lo moderno con lo tradicional –explicaba Eva entre bar y bar–. Se nota especialmente en la cocina; hay recetas de toda la vida conviviendo con apuestas muy innovadoras. En las barras de la Laurel, por ejemplo, ves sabores ancestrales y gustos inéditos, presentaciones que ya hacía mi bis- abuela con platos dignos del restaurante de Stefan.  

–¡Creo que voy a vender el Gare de Lyon para abrir una taberna aquí! –saltó Stefan. De repente Liv alzó su brazo hacia la estantería del bar en que se encontraban y soltó una exclamación triunfante:

–¡Botellas de nuestro vino favorito!