CAPÍTULO IV

La sorpresa

La etiqueta de la mano extendida, con el lema “in vino veritas”, era in- confundible. Eguía, “La verdad y nada más que la verdad”, Crianza. Uno de los vinos hermanos del mítico reserva que habían bebido en Londres. Nítido, fresco y de sabor redondo, el crianza resultaba perfecto para tomar con una tapa de solomillo a la pimienta. Dos minutos más tarde disfrutaban del equilibrio, la  autenticidad y la claridad del Eguía.

–Creo que es el momento de deciros algo –dijo Eva enigmáticamente–. Ya no aguanto más, tengo una sorpresa para todos.

Los demás la miraron expectantes.  

–Hace unos meses, al preparar este viaje, se me ocurrió una cosa – continuó–. Conseguí el teléfono de Viña Eguía, llamé y pregunté si sería posible visitar la bodega, en Elciego. Nos recibirán mañana mismo.

El grito de alegría que profirieron tres gargantas al unísono se oyó en cinco o seis bares a la redonda. Era una idea fantástica para profundizar en las raíces del emocionante viaje que estaban empezando.

Al día siguiente, los cuatro amigos salieron de Logroño en dirección a Elciego. Cruzaron el Ebro por el antiguo puente de piedra de la ciudad y en unos minutos entraron en la Rioja Alavesa. El trayecto ofrecía unas vistas preciosas a los viñedos, enmarcados, al fondo, por la imponente sierra de Cantabria.  

Volcado desde hace siglos en la elaboración de vinos, Elciego es un pueblo de colores ocres y casas sólidas, entre las que destacan las airosas torres de la iglesia de San Andrés. Más allá de su núcleo de callejas y plazas, de palacios y fachadas barrocas, su imagen se ha enriquecido en los últimos años con la construcción de nuevas bodegas de arquitectura espectacular. Elciego es la cuna del moderno vino de Rioja, ya que fue aquí cuando hacia 1870 se introdujo la crianza de vinos al estilo de Burdeos.

En las bodegas Viña Eguía, Javier y Chema, dos de los responsables de la bodega, les esperaba en la amplia plaza que servía de recepción de todo el recinto. A su espalda se extendía un conjunto de edificios de formas y dimensiones diferentes. Más allá, tras el muro del recinto, asomaban los pámpanos verdes de las viñas de la propiedad.

Tras una cordial bienvenida, Javier les condujo hacia el primer edificio.

–Cuando llega la uva vendimiada –explicó–, el primer paso es su entrada en la zona del lagar, donde se selecciona, se despalilla y se desenfanga. Después pasamos el mosto resultante aquí –y abrió unas grandes compuertas. Al otro lado apareció una enorme nave de techos altos y un largo pasillo central. A ambos lados se alineaban decenas de depósitos de acero.

–Podríamos decir que en esta sala nace el vino como tal. En el interior de estos depósitos se produce la fermentación. Cuando finaliza, el proce- so sigue caminos diferentes según sea el destino final de consumo: vino del año, crianza o reserva.

–¡Esto es muy emocionante! –exclamó Liv–. Cada vez que tome una copa de Eguía recordaré  los secretos de su elaboración.

–No hay ningún misterio –respondió Javier–. Es una suma de saber, práctica, tradición, innovación y mucho respeto por los procesos natura- les. Es justamente eso: seguir la verdad de  la naturaleza.

La visita siguió debajo del nivel del suelo, en una sala diáfana de grandes dimensiones donde descansaban miles de barricas de roble. Aquí, ajenos al ajetreo del exterior, los vinos iban evolucionando dentro de la calma que proporciona la madera.

–¿Qué planes tenéis estos días? –preguntó Javier al final del recorrido.

–Queremos conocer a fondo toda esta región. Y disfrutar del vino, claro -respondió Eva.

–Os voy a dar unas cuantas indicaciones que os serán de utilidad –Javier les hizo pasar a las oficinas–. Y además, unas cajas de Eguía crianza, para que sigáis pasándolo tan bien con nuestro vino.