CAPÍTULO V

Una semana inolvidable

 –¿Veis el curso del Ebro? Va trazando una línea sinuosa entre los vi- ñedos. La Rioja Alta queda a la derecha, la Rioja Baja, a la izquierda, y justo delante, a nuestros pies, toda la parte alavesa. Ahí abajo se puede entrever Elciego. Y al fondo, en el otro extremo del valle, las sierras de la Demanda, Cebollera y Cameros.

Era un día muy claro y la nitidez facilitaba la descripción que hacía Eva desde el Balcón de la Rioja, un mirador excepcional que parecía literalmente colgado de las rocas de la sierra de Cantabria.  

Hacía siete días que no paraban. Tras su visita a la bodega de Viña Eguía, habían trazado un completo plan que les llevaría a todos los rincones de aquellas tierras. Había múltiples posibilidades y, para empezar, se decantaron por la vertiente más natural y agreste. Visitaron el valle de Ezcaray, con sus aldeas y sus verdes barrancos. Practicaron el senderismo por las montañas del sistema Ibérico, recorrieron los extensos hayedos de la Sierra Cebollera y llegaron hasta remotos pueblos abandonados. La Rioja más desconocida y recóndita les ofreció un paisaje de excepción. Desde los montes más altos podían verse incluso las cumbres de los Pirineos, aún blancas en aquel mes de junio.  

En la sierra de Cameros, se habían adentrado en las cuevas de Ortigosa y habían seguido la ruta del cañón del río Leza, que les condujo por parajes abruptos sobrevolados por buitres.  

–Con tanto andar, voy a perder mi apreciada figura de cocinero bien alimentado –suspiró Stefan al llegar a la casa rural donde se alojaban. Y añadió–: Propongo cambiar de tercio, ¡mañana, ciudades y pinchos de nuevo!

Se había abierto así una segunda etapa en su estancia que les llevaría por Alfaro, Calahorra, Arnedo, Nájera... y las múltiples iglesias, murallas, capillas y casonas que hallaron a su paso.  

En el monasterio de San Millán de la Cogolla, muy cerca de la villa de Nájera, pasaron horas empapándose de su milenaria cultura. El escritorio del monasterio conserva algunos de los códices medievales más importantes de Europa. Ese día, mientras sus compañeros fueron a comer, Liv prefirió quedarse consultando antiguos manuscritos. Eran su gran pasión.  

–He descubierto algo maravilloso –dijo Liv cuando se encontraron más tarde–. Escuchad esto: 

“Quiero hacer un prosa en román paladino,  

en la cual suele el pueblo hablar con su vezino,  

pues no soy tan letrado para hacerla en latino;  

bien valdrá, como creo, un vaso de buen vino”

–Es uno de los primeros versos en castellano –añadió–, escrito en el siglo XII por un monje de este monasterio llamado Gonzalo de Berceo, ¡y en él ya se habla del vino!

–Como en todas las regiones con fuerte tradición vinícola –explicó Eva–, aquí el desarrollo de la viticultura en la Edad Media tuvo mucho que ver con las órdenes monásticas.

Entre historias antiguas y planes de futuro, pasaron esos últimos días visitando bodegas, viñedos, paisajes y, como comentó Tom divertido, “cientos de bares para brindar por Berceo y todos los que han sabido alabar el vino”.  

Y así, en síntesis, había trascurrido una semana inolvidable. El viaje tocaba a su fin.  

Al bajar del Balcón de la Rioja avistaron una de sus poblaciones fa- voritas: Laguardia. Resolvieron volver a perderse, como habían hecho días atrás, por las calles empedradas y las peculiares cuevas que horadan todo el casco medieval de esta villa, cabeza de la Rioja Alavesa.  

Apenas habían entrado a la población por una de las puestas de sus murallas cuando Eva recibió una llamada de Javier.