CAPÍTULO VI

Cena de despedida

–¿Qué hacéis esta tarde? –preguntó Javier al otro lado del teléfono–. –No tenemos nada decidido… ¿Por qué? –respondió Eva.

–Os propongo una inmersión gastronómica en los productos de la zona, para acabar con una cena muy especial. Por supuesto, con un com- pleto maridaje. En Viña Eguía, dentro de dos horas.

No hizo falta debatir la propuesta, a todos les pareció el mejor cierre posible para su viaje. Tras un paseo por el casco viejo de Laguardia, emprendieron el camino a Elciego.

La carretera serpenteaba entre barrancos, laderas, pequeñas hoyas y terrazas cultivadas. La geografía de la Rioja Alavesa, junto al trabajo de sus habitantes, convertidos en auténticos escultores del paisaje, ha creado un lugar privilegiado para la viticultura. Un mosaico de viñas de tempranillo que expresan personalidad, esfuerzo y compromiso con un placer futuro.

Mientras llegaban a su destino, los rayos oblicuos del sol bañaban el viñedo. Era el último atardecer del viaje.

La sala de catas de Viña Eguía ya estaba preparada. Javier, Chema y otras nueve o diez personas charlaban animadamente entre varias mesas altas. A un lado de la sala, aguardaban preparadas unas cuantas botellas de los vinos de la casa.

Mientras Javier hacía las presentaciones, entró su padre, Julián, propietario de la bodega, una de las personas clave para entender el presente del vino de Rioja Alavesa.

–Abajo ya lo tenemos todo a punto para lo más importante –comentó Julián dirigiéndose a los invitados–. Pero antes, tomaremos unos entrantes que os van a decir mucho del carácter de esta tierra, que es una suma de tradiciones y de cosas modernas.

Empezó entonces un festín de pequeños platos que abarcaban desde los sabores ancestrales hasta los nuevos caminos que sigue la gastronomía riojana. En todoes ellos, una extraordinaria materia prima que es la pura esencia de lo que dan de sí el valle y los montes que flanquean el curso del río Ebro.

Sobre diferentes bandejas fueron apareciendo propuestas culinarias diversas. En primer lugar, la honestidad de unos excelentes productos casi sin elaborar: jugosas hortalizas con una cocción justísima, embutidos suculentos, la simplicidad contundente de unos pimientos rellenos...

A continuación, pequeñas raciones con recetas antiguas, fruto de una cocina sabia, como los estofados, los revueltos, los guisos que atesoran paciencia y una distinción rústica. Finalmente, las preparaciones de la vanguardia, de nuestro presente, que expresan el equilibrio entre la calidad de un origen nítido, el acervo histórico y una cierta provocación.

Para acompañar estos entrantes bebieron el Eguía Crianza, de entrada fresca, alegre y afinada, y el Eguía Reserva, profundo, noble y completo, que potenció decisivamente los sabores más intensos.

–Bueno, ahora viene lo mejor, ¡todos al merendero! –exclamó Julián al acabar.

Fuera ya había anochecido. Una hilera de pequeñas antorchas iluminaba el corto camino que condujo al grupo hacia un amplio porche. A un lado ardía sobre el suelo pedregoso una gran hoguera. Unos metros más allá empezaba el viñedo.

–Si existe algo que define nuestra gastronomía –explicó Julián–, es esto que vamos a preparar y comer:  unas chuletillas de cordero al sarmiento. Y por supuesto, con los sarmientos de aquí, de las vides de Viña Eguía.

En unos minutos el fuego quedó reducido a brasas y sobre la parrilla todos ayudaron a distribuir decenas de pequeñas chuletas. Se asaron por ambas caras y al poco rato las pudieron degustar. Julián estaba en lo cierto: la carne tierna del cordero, aromatizada por la cocción del fuego de las ramas de la vid, condensaba un sabor singular, una tierna delicia que se grababa en la memoria: era la definición sensorial de esta tierra de vino.

El Gran Reserva de Eguía, acompañó el momento. Genuino, personal, estructurado, es un tesoro vinícola que une carácter y verdad.

La conversación fluía mientras daban cuenta de las chuletillas. La cena iba estrechando las amistades y trenzando nuevos vínculos.  

–Va a ser difícil superar este encuentro –susurreó Tom a Eva. Y añadió:  – Aunque tengo una idea que como mínimo puede intentar igualarlo.