CAPÍTULO VII

Destino Nueva York

Desde que llegaron a La Rioja, Tom, que ya contaba con una firme trayectoria como fotoperiodista, había estado disparando con su cámara sin parar. El territorio, los monumentos, la gente, los lugares del vino, los platos, las viñas: a todo le sacaba un lado icónico, bello, interesante o memorable. Había traído consigo un equipo profesional aunque sencillo; estaba convencido de que lo más importante es el ojo del fotógrafo. Y con buen ojo había empezado a captar excelentes imágenes.

Estaba tan satisfecho que un día, mediado el viaje, decidió enviar algunas copias de muestra a su representante, en Chicago. A partir de entonces, todo se había acelerado vertiginosamente.  

La mañana siguiente, Jay, el representante, llamó a Tom.  

–Esto es uno de los mejores trabajos que has hecho en tu vida, Tom –dijo–. Parece que has encontrado un lugar especialmente favorable a tu creatividad.

–Sí, esto me gusta mucho. De todas maneras, ¿no estás exagerando? Sólo he hecho unas pocas fotos –dijo Tom.

–Por eso –dijo Jay–: son sólo 10 imágenes pero de una potencia increíble. Y no soy el único que lo dice. ¿Estás sentado?

–¿Por qué? –respondió Tom riendo. –El International Center of Photography te va a proponer una exposición monográfica de esta serie. Para el próximo año, dentro de un programa nuevo que llaman ‘Paisajes del mundo’. Es una oportunidad única, Tom. Tendrás que hacer mucha más fotos de ese lugar. Esto es imparable.

La cena en Viña Eguía tocaba a su fin. Después de un postre de helado de cuajada, llegaron los cafés y los licores. Tom aprovechó un breve instante de silencio y se levantó de su silla mientras tintineaba su copa con un cubierto. Todos los ojos se clavaron en él.

–Hay algo que quiero compartir con vosotros –dijo–, porque de alguna manera sois y seréis partícipes. Me han ofrecido hacer una exposición en Nueva York de un trabajo que es todavía incipiente pero que ha gustado mucho: las fotos que he estado sacando estos últimos días por aquí.

Sacó una carpeta de su bolsa y la pasó a Eva. Dentro había unas cuantas fotografías. Eva las repartió entre los presentes.

–Tendré que volver cuando la vendimia y más adelante, en otoño, para tomar nuevas imágenes: los trabajos de la recolección, la actividad en la bodega, los colores otoñales… –continuó Tom–. Más tarde, durante el invierno, prepararé todo el material.

–¿Y cuándo es la inauguración? –preguntó Javier.

–En abril, y espero que vengas, y todos vosotros también –dijo Tom señalando a sus tres amigos–. Y para que así sea, he pensado algo.

Entonces les explicó su idea.

Al parecer, el trato que el museo ofrecía a Tom iba más allá de la exposición y abarcaba la posibilidad de organizar actividades paralelas. Tenía carta blanca para montar la muestra, la inauguración y cualquier otra acción que quisiera llevar a cabo alrededor de su obra. Tom no había tardado mucho en pensar lo que quería hacer. Prepararía una inauguración especial inspirada en los sabores riojanos. ¿No documentaba su producción fotográfica aquella tierra? Pues qué mejor que abrir la ex- posición con una gran barra de pinchos y vinos. Además, semanalmente, organizaría una cena para invitados seleccionados en la que se servirían manjares tan deliciosos como los de esta noche en Viña Eguía.

–Si quieres, sería genial que tú te encargaras de la parte gastronómica –dijo mirando a Stefan.

Después, dirigiéndose a Julián y a Javier, Tom preguntó:

–¿Qué me decís sobre poner Eguía como vino de referencia, tanto en la inauguración como en las cenas? Creo que para trasmitir la verdad que contienen las imágenes, nada mejor que este vino de verdad.

Al cabo de diez meses, Eva, Liv, Stefan, Tom y sus amigos de Viña Eguía se encontraron en una moderna sala de exposiciones de Nueva York. Pero esa es otra historia.